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Cuando la vida cabe en un platón

Cuando la vida cabe en un platón

Izq: Antonia Gamboa (Foto suministrada por Antonia) | Der: Platonera de Buenaventura (Foto: Alexander Girón)

 

A sus 8 años cargó por primera vez un platón, ese que le ha dado experiencia en la vida. Ella es Antonia Gamboa, hija de Clemencia y Olivero, nacida en Buenaventura y residente del municipio “donde se vive bien”. Ser platonera lo heredó de su mamá, porque “con eso le enseñó a vivir la vida, la crió y fue lo que le permitió sacar a sus cuatro hijos adelante”.

 

Recuerda que al principio era incómodo el fuerte olor a pescado, pero lo asocia con lo que le pasaría a un vendedor de cebolla, al carnicero e incluso al que recoge la basura, cuando el correr de los años, los obliga a acostumbrarse.

 

Las platoneras son mujeres afrodescendientes en su mayoría, quienes compran, acopian y procesan pescado y camarón proveniente de la pesca artesanal e industrial y lo comercializan en Buenaventura (principalmente) bien sea en platones que cargan sobre su cabeza, en carretas, coches adaptados para la actividad o los venden en galerías.

 

Antonia no carga un platón desde que abrieron la Galería de Bellavista hace más de 30 años, pero recuerda con claridad que cuando lo hacía, debía cargar de 20 a 30 kilos sobre su cabeza. El pargo es su producto estrella, pero también vende otras especies de pescados, camarón, piangüa y todo lo que tenga que ver con mariscos y pese a que se siente orgullosa de ser platonera es consciente que es un oficio, como muchos otros, de contrastes: “Siempre que se es negociante hay tiempos buenos y hay tiempos malos”, cuenta que en un  día “bueno” puede ganar de 40 a 50 mil pesos, pero ha tenido tiempos “en blanco” donde puede pasar días o una semana entera en que no vende nada. Es justo en esas épocas donde ha cruzado por su mente no vender más pescado, porque además tener suficiente mercancía le implica inversiones considerables de 600, 800 o hasta un millón de pesos.

 

“Ser mujer platonera me ha servido como madre, como esposa, como ser humano y como una persona más a la humanidad. Ser platonera me ha enseñado a vivir la vida, a saber andar y a tratar a las personas”

 

Su jornada empieza antes que el sol asome su primer rayo. A las 4:30 a.m. comienza lo que Antonia llama “su buena vida” y aunque no fue posible conocerla en persona, su tono jovial y acento típico del Pacífico emanan ternura. Cuando le pregunté qué significaba para ella ser mujer platonera, con tono eufórico expresó: “Ser mujer platonera me ha servido como madre, como esposa, como ser humano y como una persona más a la humanidad. Ser platonera me ha enseñado a vivir la vida, a saber andar y a tratar a las personas”. Pero dedicarse este oficio también le ha topado con gente que menosprecia su labor, que les considera menos, a ellos, me dice, “no les paro bolas porque sé que Dios nos dio la vida y uno como ser humano debe ser agradecido”.

 

Antonia ha decidido no pertenecer a ninguna asociación porque pese a que ha asistido a reuniones y le ha invertido tiempo, no ha salido favorecida. Es la única platonera que queda en la familia, aunque con sus compañeros de jornada, la vida les ha convertido en una. Sus hijas, de vez en cuando le acompañan en su labor, pero ser platonera le ha permitido darles otras opciones de vida.

 

Al preguntarle por su legado “Antuca” como le dicen su esposo y sus 10 nietos, no vaciló, básicamente porque lo ha construido y defendido desde que se convirtió en madre y abuela: “Nunca se sientan menos que los demás”, les dice. Y también invita a quienes algún día se le midan a vivir de este oficio, a que ensayen a ver cómo les va, a que se sientan orgullosos de lo que son y lo que hacen, “porque eso nada le quita y por el contrario mucho le da”.

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